domingo, 30 de diciembre de 2007

La relación entre el boxeo y La guerra de los mundos, de Orson Welles

BUENOS AIRES -- A menudo encuentro que las discusiones entre las personas carecen de sentido, porque, de manera casi inevitable, los contrincantes en cuestión hablan de cosas distintas.

Por ejemplo, cuando alguien dice que los blogs son una porquería, sin duda está pensando en un blog en particular. Y el que dice que son lo mejor del mundo, también está pensando en otro. Los dos tienen razón, pero nunca llegarán a ponerse de acuerdo enredados en una discusión.

Hace poco discutía con una amiga acerca de la violencia y del deporte que, de algún modo, la representa: el box. En líneas generales, lo que ella decía se encuadra dentro de ese inventario de trivialidades un tanto sosas y falsamente pacifistas que llevan a que el que habla -especialmente que el que habla- se sienta una mejor persona, ya que abomina esas prácticas, que -según sus argumentos- nos acercan al salvajismo prehistórico, cuando el hombre no sabía leer ni escribir y por lo tanto tenía que recurrir al uso de la fuerza para imponer su voluntad.

Mi posición tiene mucho de bienpensante también y sintéticamente es esta: los animales disponen de defensas naturales, que en amplio espectro zoológico pueden ir desde las garras a los dientes, pasando por un sinfín de artilugios defensivos, algunos tan exóticos que parecen invenciones de un dios idiota. El hombre dispone de sus puños. No hay más que eso.

En tanto somos también seres históricos y pensantes (sabemos hablar, leer y escribir, me refiero a eso), podemos recurrir a la palabra o a la pluma para poner de manifiesto nuestras posturas. Pero la vida nos enseña que, llegados a un punto, es probable que haga falta poner punto final a un altercado a los golpes. Y es legítimo eso. Hace falta recurrir a los puños cuando, por caso, alguien se pasa de la raya. Es decir, los puños entran en acción cuando es el momento de hacer silencio.

De todos modos no era eso lo que le expliqué a mi amiga. La observación se refería más bien al hecho de considerar "violento" al box.
¿Violento en relación a qué? El simple hecho de que ella lo considerara violento ponía de manifiesto una cosa: jamás había tenido el privilegio de presenciar una pelea callejera.

Comparada con las peleas callejeras, las peleas sin reglas, el box es un deporte de mariquitas. Reglas, reglas y más reglas impiden que los oponentes hagan lo que es menester para dejar fuera de juego al otro.

Para quien ha visto o ha protagonizado en carne propia una pelea callejera, el box es tan violento como puede ser violenta una partida de ajedrez comparada con la guerra. Es, más bien, una representación de la violencia.

El deporte en sí consiste en reprimir los instintos violentos que acabarían con la pelea, aplastándole la cabeza al contrincante cuando cae sobre la lona, por ejemplo, o asestándole una certera puñalada en el estómago apenas comenzada la contienda.
En suma, el box es a la violencia lo que una invasión extraterrestre es a aquella célebre representación radial que en 1938, hace hoy exactamente 69 años, hizo Orson Welles de La guerra de los mundos, del otro Wells, Herbert George.

El realismo de la puesta fue tal que la emisión causó auténtico pánico en Nueva Jersey, donde, según la obra, estaba teniendo lugar la invasión extraterrestre.
Alguien que hubiera vivido una verdadera invasión extraterrestre y hubiese podido sobrevivir a ella -si algo así fuera posible- probablemente no habría creído en los datos que le proporcionaban las voces provenientes de la radio encendida. Pero tal cosa era imposible. De modo que no quedaba otra que tomar esos datos por reales, del mismo modo que el espectador de un encuentro de box que jamás ha vivido un encuentro, aunque más no fuera como espectador, verdaderamente violento en toda su vida, considera violento a lo que se parece más a un ballet, donde los que danzan son millonarios con la nariz chata y sin panza.



* Por Guillermo Piro /ESPNdeportes (30 de octubre de 2007)


Guillermo Piro es escritor, periodista y traductor. Publicó los siguientes libros: La Golosina Caníbal, Las Nubes, Estudio de Manos, Correspondencia, Sain-Jean David (poesía) y Versiones del Niágara (novela, obtuvo el Segundo Premio Nacional de literatura). Integra la antología Monstruos realizada por el poeta Arturo Carrera. Sus artículos, críticas, entrevistas y crónicas de viaje han aparecido en Clarín, La Nación, Perfil, Página/12, First, 3 Puntos, La Stampa y Los Inrockuptibles. Integra el consejo de redacción del Diario de Poesía y el consejo de dirección de la revista Confines.

No hay comentarios:

Publicar un comentario