domingo, 30 de diciembre de 2007

Un momento con Muhamad Ali (Ex campeon en Boxeo)

Hacía como año y medio que Muhammad Ali y yo no nos veíamos. Pero la verdad es que ya para mucho antes de desaparecer el viejo milenio, se nos hacía dificil entablar conversaciones relevantes como en los tiempos cuando ambos éramos campeones mundiales --él de los mastodontes y yo de los semi-pesados.
En la década de los '60s, siempre que Ali veía a mi esposa Ramona, le aconsejaba que me diera de comer mucho arroz con habichuelas, asi aumentaba de peso y calificaba para pelear con él, para llevar "más dinero a casa."



El novelista Norman Mailer junto a Muhammad Ali el 1 de agosto de 1965. Mailer estaba en San Juan para ver pelear a su amigo Cheguí Torres ante Tom McNeeley. Ali peleó 4 rounds en una pelea de exhibición previo al combate de Torres (AP)

También le hacía trucos elaborados a mis hijos "haciendo desaparecer dinero" frente a ellos, o "elevando" su cuerpo dos o tres pulgadas sobre la tierra. Pero en realidad mis hijos, aunque muy jóvenes entonces, miraban los trucos más como chistes, que otra cosa.

Hace poco estábamos en un prominente restaurante, en la calle 52, entre las Avenidas 7ª y 8ª en Nueva York, iniciando la publicación de la revista "Muhammad Ali - The Greatest", la cual es editada por el historiador de boxeo, Bert Randolph Sugar. Entre otros artículos, la revista exhibe uno escrito por mí sobre El Grandioso.

No es fácil observar a uno de los hombres más conocido del planeta por casi cuarenta años --desde aquel inolvidable momento que destronó dramaticamente al hoy fenecido Sonny Liston, el gigante afroamericano que acostumbraba combinar intimidación voraz, actitud febril, con envidiable carácter, para destruir a sus rivales, usando una calma alarmante. Pero la pura verdad es que en la noche del 25 de Febrero del 1964, "el invincible" sucumbió ante la astucia, carácter e inteligencia de Muhammad Ali.

Hace unos años, resistiendo el ataque consistente del mal de Parkinsons, esa enfermedad del sistema nervioso que lo ha mantenido contra las sogas por décadas, Ali parecía más joven de sus 70 y pico de años de edad y, con la excepción del temblor grocero de sus manos, parecía mantener ese estoicismo tan especial de sus buenos tiempos. Por otro lado, me recordaba con tristeza a mi padre, quien padeció de ese mal por 27 años, antes de perecer a los 77 años de edad.

Mi amistad con Ali fue muy placentera y amena hasta que me retiré y me puse a escribir su biografía "no autorizada." La comencé en 1969 tan pronto me retiré del boxeo y en 1971 ya la tenía terminada.
En un santiamén, el libro se convirtió en un "best seller," por un buen tiempo. Ali me ayudo, concediéndome más de cuarenta horas de entrevistas en tres meses, siguiéndolo por muchos países donde entrenaba y peleaba en 1969 y 1970. Hubo un momento cuando yo boxeé un asalto con él en Miami, Florida, para incluir la experiencia en el libro. Fue una época en el cual hicimos una gran amistad, aunque yo le repetía que el libro tenía que poseer absoluta objetividad de mi parte --lo bueno y lo malo.

En Puerto Rico, recuerdo un incidente cuando yo --como campeón mundial-- me enfrenté a Tom McNeely en un combate de peso completo, no por el campeonato (a quien vencí por decisión unánime) en el 1965. Esa misma noche, Ali se enfrascó a su chata, Jimmy Ellis, en una magnífica pelea de exhibición. Al otro día amanecí con dolores agudos en el abdomen que me obligaron a salir de emergencia para el hospital. Exámenes médicos comprobaron que padecía de pancreatitis --una imflamación aguda del páncreas. Los médicos puertorriqueños no vacilaron en asilarme.

Mientras tanto, dos amigos mío, boricuas ambos, Ali y un compañero de su religión musulmana, se habían escabullados juntos en busca de acompañamiento fémino. Al otro día y mientras yo me quejaba de dolor en la cama de un hospital, se aparecieron dos jovenzuelas atractivas pero muy agitadas. Una de ellas casi gritó: "¿Dónde está Ali Baba el boxeador?" "Tengan calma," les supliqué. "Explíquenme que es lo que pasa?" Una de las jóvenes se sonrió, se pegó a mi cama y me susurró: "Ali Baba el boxeador, e Hijo de Dios, y un amigo, se acostaron conmigo y con mi amiga aquí anoche y luego se fueron sin pagarnos." Inmediatamente, agarré el teléfono, llame a Herbert Muhammad, hijo de Elija Muhammad, quien, sin chistar, me envió dos billetes de a $20 cada uno. La muchacha los aceptó, me dio un beso en la mejilla y salió contentísima del hospital con una sonrisa de oreja a oreja.

Ese incidente que sólo abarcó un lado de una página en mi libro: "Sting Like A Bee, The Story of Muhammad Ali," le fue muy ofensivo a ambos, Herbert y Ali, quienes no me hablaron por más de un año. Yo le confesé a ambos que mi responsabilidad como escritor era la de mantener total dignidad profesional. Pensé que si me dejaba influir más por la amistad con Ali, que por mi honor literario, entonces no me podía considerar un escritor verdadero.

Esto se me vino a la mente en el Gallagher's Steak House cuando le informé a Ali que se veía muy bien y que rehusaba envejecer. Ali me miró fijamente, se sonrió, me haló hacia donde él y me susurró: "Yo sólo tengo 17 años de edad."
Periodistas de la prensa, radio y la televisión presente no cesaban de alcahuetear al peso completo que yo considero el mejor pugilista de todos los tiempos. Cada periodista, escritor y comentarista allí presente, representaban instituciones que una vez no resistían la conducta personal, religiosa y sociopolítica del prospecto jovenzuelo. Una vez se decidió a cambiarse el nombre de Cassius Clay a Muhammad Ali, con raras excepciones, nadie quería llamarle, ni referirse a él como Ali. La prensa le cayó encima a su religión, y comenzó a retar permanentemente a todo el que aplaudiera su postura. Cuando cambió de nombre y religión, sus fuerzas enemigas se multiplicaron.

Nada de eso lo desanimó. Ali simplemente aplicó su mecanismo emocional y psicológico de pugilista, sin olvidarse del intelectual. Y en esta gran batalla más socio-política que legal con las pertinentes instituciones gubernamentales de su patria, salió absolutamente airoso.

Cuando la corte Federal le prohibió legalmente continuar su carrera pugilística, la Suprema lo restituyó cinco años más tarde. Ya para entonces, Ali había perdido los años más importantes de su vida atlética. Consecuéntemente, peleó mucho más tarde de lo debido. Sus amigos boxísticos le permitieron seguir su curso en el ring cuando su cerebro estaba más concentrado en asuntos relacionados con la sociedad de su país, y los abusos religiosos y raciales en el mismo. Su empeño en purificar la democracia norteamericana y aplicarla a todos sus conciudadanos por igual, fue pura y consistente.

Aunque enfermo fisicamente, pero de gran motivación sicológica, Muhammad Ali es adorado colectivamente, aún por aquellos que representan instituciones que una vez trataron de sonsacarlo del estrellato que el destino ya le tenía deparado.
Algunos políticos y entidades noticiosas lo trataron de degollar socialmente, pero no pudieron. Como resultado, las super victorias que Ali logró juntar dentro y fuera del "ring," transcienderon los cinturones campeoniles.

Su dignidad y la gran satisfacción que este gran campeón logró acumular tanto para él como para los suyos, desde el 1960 hasta el 1981 fueron totalmente insuperables.

* por: Jose Chegui Torres

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