domingo, 19 de julio de 2009

Descenso al infierno verde de Nürburgring

"Tienes que probarlo". La recomendación de Pedro de la Rosa viene acompañada de una sonrisa maligna. El piloto guiña un ojo y señala con la cabeza hacia la derecha, a la estrecha pista que serpentea en paralelo al circuito actual de Nürburgring, en Alemania.


En este lado, el diseño moderno, acolchado, pleno de anchas escapatorias con el sello de la FIA. Detrás de la valla, un carrusel salvaje, Nordschleife, el infierno verde. El vetusto Nürburgring.

Un par de kilómetros más abajo se encuentran las taquillas del viejo circuito, abandonado por la Fórmula 1 en 1976 tras el grave accidente de Niki Lauda. La pista, cuna de gloria y muerte de pilotos en blanco y negro, ha quedado en los últimos años como una diversión para los más atrevidos amantes de la velocidad, que llegan de toda Europa con ansias de medir su habilidad en un trazado para valientes... para chiflados. Casi 23 kilómetros y 170 curvas acunadas por enormes árboles y afiladas cunetas.


En el parking de entrada, aguardan su turno coches de competición, turismos sencillos y modelos tuneados. Un par de moteros engrasan sus máquinas con un café en la mano, justo enfrente de una tienda que alquila elementos de protección como cascos, guantes o monos ignífugos. La taquillera entrega el boleto de entrada a la pista con un "buena suerte". No reclama ni siquiera el carnet de conducir, ni los papeles del vehículo, ni pregunta si se ha consumido alcohol. Confianza en el cliente, estamos en Alemania, con tramos de autopista sin
limitación alguna de velocidad.


22 euros por un pase para un giro y los dedos cruzados. EL MUNDO completó ayer una vuelta -prudente, ritmo de utilitario- en Nordschleife, el circuito prohibido, donde Lauda escapó de las llamas sin oreja y con la extremaunción recibida. Ya en pista, muy pronto se entiende la frase del campeón Jackie Stewart: "Antes de partir hacia Nürburgring siempre miro a mi familia y me pregunto ¿volveré a verlos?". Cuesta imaginarse a aquellos autos locos de dura chapa bajando por estos toboganes a tumba abierta.


No tardan en aparecer por el retrovisor dos BMW de calle picados, que se echan encima a 150 por hora. Estremece el ruido de sus ruedas cuando entran cruzados en la curva. Al instante, adelantan con el pedal a fondo.

El cinturón se pega al cuerpo. Se sienten las costuras del coche a punto de reventar al girar con violencia el volante. No queda otra porque salirse es muy sencillo, con la grava salpicando los arcenes. Los troncos de los pinos pasan muy cerca y su profunda sombra humedece muchas partes del recorrido, donde la climatología es una incógnita. Sol en una esquina y lluvia en la otra. Pura lotería. "Me hubiera gustado competir allí. Ahora sería inviable, no tiene ninguna seguridad", comentaba Fernando Alonso.


Se enlaza la vertiginosa bajada de Hotzenbach, con el profundo badén de Flugplatz, donde las ruedas despegan del asfalto. Tierra de Fangio o Ascari, héroes de otro tiempo, que sobrevivieron con triunfos a un circuito donde han fallecido más de 130 personas en sus 80 años de vida. Las compañías de seguros alemanas incluyen cláusulas recordando que los accidentes en Nürburgring no serán cubiertos. Pero hay trucos: Camiones grúa, previo pago, sacan los coches siniestrados y los colocan en carreteras cercanas para justificar a la aseguradora que el golpe se produjo fuera de la instalación.


En el tramo final, un hombre hace gestos pidiendo calma. Al tomar la curva, se ve a una moto destrozada y su piloto en el suelo, doliéndose todavía por el choque. Varios vehículos han parado para asistir al herido, que ya espera a la ambulancia.

El estómago se encoge un poco más.
Recta de meta, con los monoplazas de F1 rugiendo ya detrás del muro en sus entrenamientos libres. Banderazo de llegada, pulsaciones cabalgando. Tiempo: 14 minutos 26 segundos, más del doble del récord del circuito [6:11]. Es suficiente, lo importante, más que nunca, era llegar.

* Sebastien Bourdais,(AFP), 11/07/2009

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